Cuento los agujeros entre el ojo izquierdo y el centro de la nariz por tercera vez, y me sigue saliendo un hueco de más. La aguja lanera con hilo negro se queda quieta a medio camino, y el amigurumi, cuerpo cerrado, relleno firme, cara todavía en blanco, me devuelve esa mirada vacía que pone nerviosa a cualquier persona que recién empieza en el crochet. La simetría en la cara es lo que separa un muñeco tierno de uno que da un poco de repelús, y para el bordado de amigurumis existen básicamente dos caminos: marcar cada rasgo antes de coser, o bordar directamente y confiar en el ojo. Lo que sigue es la comparación honesta entre ambos, sin fingir que uno es perfecto.
Dos formas de bordar una cara de amigurumi simétrica
No vengo de una academia de bordado ni de un taller certificado, esto lo sé por ensayo y error, sábado tras sábado, con un gancho Clover de 4mm y una lana que no siempre coopera. De hecho, no soy precisamente la más indicada para presumir de precisión con la aguja: hay una tarde entera que recuerdo perdiendo la cuenta de los intentos con el magic ring, cerrando el círculo una y otra vez y encontrándome siempre con un agujerito visible en el centro. Contarlo así, sin dramatismo, es la mejor forma de explicar por qué terminé comparando métodos en vez de jurar por uno solo.
El primer camino es el de los alfileres: clavar alfileres de cabeza redonda donde crees que van los ojos, la nariz y las comisuras de la boca, y mirar el conjunto antes de pasar el hilo definitivo. El segundo es bordar a mano alzada, dejando que la aguja encuentre el sitio según lo que ve el ojo en ese momento, sin marcar nada antes. Son filosofías casi opuestas, y cada una exige algo distinto de quien borda.
Marcar cada rasgo con alfileres
Con los alfileres, el truco está en tratar la cabeza del amigurumi como si fuera una página que hay que revisar antes de imprimir: cuento los huecos entre puntos como cuento espacios en un manuscrito, por costumbre del trabajo de entresemana. Si los ojos de seguridad de 8mm quedan separados por seis puntos, la nariz tiene que caer en el hueco tres y medio, ni uno más. Hay una vuelta —la sexta, si no recuerdo mal— en la que por fin conté dieciséis puntos exactos sin tener que repasarlos dos veces, y ese fue el momento en que entendí por qué tanta gente jura por este método: una vez que el conteo cuadra, ya no hay sorpresas al bordar encima.
Lo que cuesta más admitir es que marcar con alfileres consume tiempo, a veces más del que se tarda en bordar la cara entera, y que el resultado, cuando sale perfecto, puede acabar pareciendo hecho a máquina. La simetría absoluta, curiosamente, no siempre es lo que hace que un amigurumi se vea bien. Para que las piezas encajen del todo con esta técnica conviene tener también cómo coser piezas de amigurumi para que queden simétricas y bien centradas resuelto de antemano, porque unos alfileres perfectos en la cara no arreglan una oreja torcida al lado.
Bordar sin guía: dejar que la mano decida
El segundo camino descarta los alfileres por completo. Se borda directo, con la aguja entrando donde el ojo dice que debería ir, confiando en el instinto que se construye después de repetir el gesto muchas veces. La ventaja es la velocidad y, sobre todo, el carácter: una cara bordada a mano alzada tiene esa imperfección que delata que hay alguien detrás del gancho, no una máquina. Cuando la simetría sale un poco desviada, el amigurumi gana expresión en vez de perderla.
La desventaja es obvia: sin ningún punto de referencia previo, un mal cálculo se nota enseguida y ya no hay vuelta atrás fácil, porque descoser un bordado sin deshacer el relleno es más delicado que descoser una vuelta de crochet. Esta técnica también depende del hilo que uses para bordar, que no tiene por qué ser el mismo con el que tejiste el cuerpo — ahí entra una decisión de peso y grosor de hilo que en realidad es un tema aparte, tan largo como el de elegir la fibra según si buscas algo más suave al tacto o algo que aguante mejor el uso diario de una sobrina. El grosor del gancho que uses para el cuerpo tampoco es una decisión pensada para la cara, sino para la lana del cuerpo, y esa relación entre aguja e hilo también da para su propio análisis.
Ninguna de las dos técnicas resuelve todo por sí sola
Una línea horizontal corta, de un par de puntos de ancho y repasada dos o tres veces, es lo que mejor funciona para la nariz en cualquiera de los dos métodos, sin hundir el tejido de debajo. La boca gana profundidad si la aguja pasa por debajo de los puntos y no solo por la superficie, porque así la sombra del hilo trabaja a favor de la expresión. Y el nudo, en los dos casos, se esconde igual: se entra por la parte de atrás de la cabeza, se deja una cola larga, y al terminar se anuda esa cola con el hilo final antes de esconderla en el relleno — cuánto relleno lleve el cuerpo, de hecho, también cambia cuánto cuesta pasar la aguja por dentro, aunque esa es una decisión que se toma mucho antes de llegar a la cara.
Los ojos suelen ir entre las vueltas diez y doce en una cabeza de tamaño estándar, pero conviene fijarse en el relleno antes de dar por buena esa referencia: si el cuerpo quedó muy compacto, el espacio entre puntos se estira y esas vueltas ya no coinciden con lo que dice el patrón. No hace falta memorizar cómo se llama cada parte de un punto de crochet para bordar encima, aunque entender esa anatomía básica ayuda a decidir por dónde entra la aguja sin dañar la fibra.
Si las instrucciones escritas todavía se te hacen cuesta arriba, no eres la única — hace poco coincidí con Chelo Aguilar en el Mercado de San Agustín, una conocida de las paradas de los sábados, y ella sigue confundiendo las abreviaturas en inglés con las que usamos aquí. Ese lío de siglas no tiene nada que ver con la simetría de una cara, pero si te sirve de consuelo, hay formas de aprender cómo leer patrones de crochet paso a paso sin perderse que hacen todo esto menos intimidante.
Qué técnica conviene según el amigurumi que tengas delante
Con la luz de la tarde entrando de lado, nunca de noche, con lámpara, porque ahí es donde un ojo siempre queda más alto que el otro, se decide cuál de las dos técnicas usar según el muñeco. Si el amigurumi es un regalo, algo que tiene que superar la inspección de alguien pequeño el lunes por la mañana, marca con alfileres: la simetría segura pesa más que el carácter. Si es una pieza para el estante, algo que solo tiene que gustarte a ti, borda a mano alzada y deja que el resultado tenga esa imperfección que hace que se note la mano detrás. No hay una técnica mejor en abstracto, solo una más adecuada según quién va a mirar esa cara después.
Las yemas se me quedan ásperas después de un rato tirando de un hilo mouliné fino, y es una de esas cosas que nadie cuenta hasta que pasa. Para quien busque todavía más precisión y le interese menos la parte artística, existe además cómo hacer el cambio de color invisible en amigurumis sin escalones, que resuelve un problema distinto al de las caras pero parte de la misma obsesión por que no se note la costura.
Ninguna de las dos técnicas es la respuesta definitiva, y esa es quizás la única conclusión honesta después de comparar tantas caras bordadas en la misma mesa. Los alfileres dan seguridad; la mano alzada da alma. Elige alfileres cuando el error no es una opción, y suelta la mano cuando lo que quieres es que se note que detrás del amigurumi hay alguien equivocándose un sábado cualquiera con un gancho y un poco de hilo.